EDITORIAL

La primavera llegó con Mirko Jozić

Como suele suceder, las fiestas patrias fueron una buena ocasión para celebrar en familia o en eventos públicos. Algunos aprovecharon para vacacionar esos días. La primavera, estación florida, ya se asoma en todo su esplendor con nuevas actividades y proyectos.

Para la comunidad croata de Chile, septiembre fue un mes marcado por la visita de Mirko Jozić. Un personaje que, por sus credenciales, no necesita grandes presentaciones en nuestro país. El exentrenador de fútbol ocupó la escena mediática chilena como ningún otro visitante croata. Durante esos días, Croacia resonó con fuerza en todas partes, trascendiendo lo meramente deportivo y reforzando el hermoso vínculo que une a nuestros dos países.

Campeón mundial con la selección juvenil de Yugoslavia en 1987, entrenador de Colo-Colo al principio de los noventa, cuadro con el que fue campeón de América, y luego director técnico de la selección chilena, Jozić está profundamente anclado en la memoria deportiva chilena. Su espontaneidad, sencillez y cualidades humanas, de las que hizo gala durante su estancia, suscitaron la admiración general. Tal es así que incluso algunos parlamentarios han propuesto que la nacionalidad chilena le sea concedida por ley.

Como correspondía, Jozić también fue homenajeado por la comunidad croata residente durante una cena en el Estadio Croata. Era el momento propicio para agradecerle su gran aporte —no por sus éxitos futbolísticos esta vez—, sino por su compromiso, valentía y entrega a Croacia. Y es en este punto preciso en el que, lamentablemente, hemos quedado en deuda con Mirko y con Croacia.

Porque, más allá de sus logros deportivos —ampliamente destacados durante su permanencia en Santiago—, era su contribución a la nación en el proceso de independencia la que debía haberse puesto de relieve. Pero no fue el caso, y lo estrictamente deportivo y hasta a veces lo superficial, ocultaron una historia personal que merecía ser valorada y homenajeada.

Como descendientes de croatas, nuestra distinción y reconocimiento a Mirko Jozic están relacionados con la gesta independentista. El relato de los hechos ocurridos en Chile durante esos años fue escrito por quien fuera el último embajador de Yugoslavia y el primero de la República de Croacia independiente y soberana en Chile, don Frane Krnic. Su testimonio se encuentra en un libro que editamos para conmemorar los 30 años del reconocimiento de Croacia por parte de Chile. En él se destaca cómo, durante la situación que se vivía a comienzos de los años noventa, muchos croatas y chilenos de origen croata actuaron con valentía y amor por su patria. Mirko Jozić fue uno de ellos, poniendo su prestigio y sus contactos al servicio de una causa que trascendía cualquier logro personal y deportivo.

Fue así como, en 1993, su notoriedad y vínculos con el gobierno de entonces facilitaron que Chile se convirtiera en el primer país de América en reconocer al nuevo Estado croata e iniciar, desde entonces, una relación de amistad y cooperación que perdura. Como profesionales de ascendencia croata, hubiésemos querido agradecerle públicamente por haber sabido escuchar el llamado de la nación y haber contribuido a que Croacia independiente alcanzara el sitial internacional que merecía.

Y es lo que hacemos en este editorial mensual que compartimos.

Las satisfacciones provocan alegría y están llamadas a ser compartidas. Y la alegría suele ser contagiosa; puesto que irradia, se difunde, ilumina. Sobre todo, cuando la entregamos de corazón a quienes nos rodean, más aún, si se trata de camaradas y amigos con los que compartimos causas comunes.

Nuestro CPEAC ha cumplido sesenta años. Lo hemos celebrado como corresponde, con bombos y platillos, como suele decirse, a fines de marzo, en una cena a la que quisimos darle el realce que la ocasión merecía. Este evento nos ha provocado una alegría para ser expresada y repartida con cariño entre los socios y amigos que nos acompañaron en esta conmemoración.

Durante la ceremonia, dos fueron los mensajes principales expresados por el directorio a los asistentes.

El primero es que, siendo el CPEAC el resultado de una historia hecha a punta del esfuerzo y entusiasmo por parte de nuestros precursores, nos enraizamos en ella y en los valores heredados de padres y abuelos. El homenaje y reconocimiento a quienes forjaron las bases de nuestra institución era un deber moral de fidelidad. Recordar su trabajo y despliegue no hacía otra cosa que reforzar nuestros propios cimientos, encausar la actividad presente en esa identidad permanente que legitima el actuar de todas las organizaciones de la diáspora de Chile. Los nombres de aquellos generosos precursores están y seguirán estando presentes entre nosotros y entre los que vendrán después. Hacia ellos quisimos transmitir la primera parte de nuestro mensaje institucional como un gesto de esta generacion que hoy los honra y agradece.

La historia que recogemos de estas seis décadas nos plantea también una serie de desafíos. Y ese fue el segundo aspecto de nuestro mensaje. La actual generación que dirige y participa en el CPEAC está llamada a integrar a otras más jóvenes, de manera a perpetuar el legado recibido. Y nada mejor que un momento de solemnidad como este, para reflexionar en torno a estos desafíos y transformarlos en ejes de futuro. Estamos innovando en nuestros métodos de comunicación y prácticas, procurando integrar a nuevas generaciones.

Somos conscientes de que el lazo identitario que une a los mayores de nosotros con Croacia, ya sea a través del idioma materno o, simplemente de la cultura expresada por padres y abuelos, la que se reflejaba en tradiciones culinarias, canciones, cuentos, dichos populares, historias de pueblos... se han ido perdiendo con el tiempo. Para los jóvenes de cuarta y quinta generación que llevan un apellido croata y que, de alguna manera, se sienten pertenecer a la nación croata, la identidad debe ser descubierta en otros aspectos. Interesarlos en la historia, el idioma, en el establecimiento de intercambios de nuevo tipo y de redes de contacto, sensibilizarlos en la pertenencia a una nación que, siendo milenaria, es singular, ya que está conformada por los habitantes de dentro y fuera del territorio, y que a ella también pertenecen.

Los sesenta años nos dan vida y fuerza. Nuestro deber es consolidar lo realizado e impulsar acciones de futuro, en lo posible, en forma mancomunada con las demás instituciones de nuestra comunidad. El esfuerzo venidero estará entonces centrado en la transmisión de valores y en la innovación de nuestra organización.

Frente a la crisis preocupante que vivimos a nivel planetario, ojalá que abril sea el mes en que baje la tensión y que nos acerquemos a la paz que anhelamos.

Sesenta años: historias y desafíos de futuro

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